Surgimiento de la nueva vanguardia revolucionaria. El Moncada

Como se vio, inicialmente fueron los estudiantes quienes enfrentaron con mayor fuerza a la dictadura y en los propios predios universitarios empezaron a realizarse algunas prácticas de tiro por grupos que se preparaban para la lucha armada. En 1953 el movimiento estudiantil aportaría su primera víctima de esta etapa. El 10 de enero los estudiantes colocaron un busto de Mella en la explanada frente a la Universidad de La Habana, pero el día 15 el busto amaneció ultrajado, lo que provocó la airada repulsa estudiantil.

Miles de estudiantes salieron en protesta y enarbolaron consignas contra Batista en enfrentamiento con la policía. En una jornada que se extendió hasta la tarde, los estudiantes fueron reprimidos dejando un saldo de varios detenidos, heridos por golpes y otros de bala, entre ellos Rubén Batista Rubio quien falleció el 13 de febrero. Tenía entonces 21 años. Su entierro fue otra gran demostración en la cual las estudiantes universitarias y de la enseñanza secundaria, junto a las mujeres martianas, llevaron una tela negra con la frase de Martí: “La sangre de los buenos no se derrama en vano”, seguidas de unas 30 000 personas en cortejo que salió de la Universidad de La Habana. La lucha estudiantil movilizaba a amplios sectores.

En aquella coyuntura, surgieron numerosas organizaciones y grupos pequeños que conspiraban contra el gobierno golpista. Muchos de los participantes se incorporaban a más de una organización buscando vías de lucha. Dentro de las primeras conspiraciones estuvo la encabezada por el profesor Rafael García Bárcena con el Movimiento Nacional Revolucionario que preparó un asalto a Columbia para el 5 de abril de 1953, en combinación con algunos oficiales, pero ese mismo día fueron apresados Bárcena y otros colaboradores civiles.

Mientras se iban articulando algunos grupos de resistencia, como Acción Libertadora que tuvo ramas en La Habana y Oriente o Acción Revolucionaria Oriental presente en las provincias de Oriente y Camagüey dirigida por el joven maestro y estudiante Frank País*, en La Habana se fue nucleando un grupo fundamentalmente salido de la Ortodoxia, en particular de la Juventud Ortodoxa, alrededor del joven abogado Fidel Castro. Muchos de ellos coincidían en las peregrinaciones a la tumba de Chibás, en las oficinas del PPC (O) en Prado 109 y en otros espacios. Este grupo fue articulando lo que llamaron el Movimiento y se definió como Generación del Centenario del Natalicio del Apóstol.

En el Movimiento había jóvenes de distintos lugares de Cuba, fundamentalmente residentes en La Habana y Pinar del Río; de Santiago de Cuba solo estaba Renato Guitart por razones de seguridad pues la acción principal se desarrollaría allí, los combatientes sabrían esos detalles justo antes de entrar en combate. En 1953 la preparación se iba completando, así como la adquisición de armas y municiones, uniformes del ejército y demás, en lo que invirtieron sus recursos muchos de los conspiradores, como Jesús Montané que aportó la gratificación que cobró al cerrar la empresa en que trabajaba, Oscar Alcalde quien hipotecó su laboratorio y liquidó su oficina de contabilidad, Pedro Marrero que vendió el juego de comedor, el refrigerador y el juego de sala de su casa, Fernando Chenard empeñó pertenencias personales y su cámara fotográfica que le daba el sustento como fotógrafo, Elpidio Sosa vendió la plaza de la que vivía,

Abel Santamaría empeñó su automóvil, y así otros muchos aportaron el dinero para adquirir las armas con grandes sacrificios.

El Movimiento tuvo una estructura celular, con Fidel Castro como líder principal, Abel Santamaría en condición de segundo jefe y un comité civil y otro militar. El comité civil contaba con Fidel, Abel, Oscar Alcalde, Boris Luis Santa Coloma, Mario Muñoz y Jesús Montané y el militar con Pedro Miret, José Luis Tasende y Renato Guitart, además de Fidel y Abel.

El grupo que se unía y entrenaba dentro del Movimiento se vio marchar erguido, disciplinado y marcial, en la Marcha de las Antorchas que convocó la FEU el 27 de enero de 1953, víspera del Centenario del natalicio de Martí.

El 26 de julio de 1953, los jóvenes agrupados en el Movimiento y seleccionados para la acción atacaron el cuartel Guillermo Moncada en Santiago de Cuba como objetivo principal. También se incluían los edificios cercanos: el hospital Saturnino Lora y el Palacio de Justicia en la misma ciudad, además del cuartel Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo. Se trataba de un plan que contemplaba la toma de la segunda fortaleza militar de Cuba –cuya distancia de la capital demoraba la movilización de recursos centrales— y las instalaciones que podían apoyar la operación, incluyendo el cuartel de Bayamo para impedir el envío de refuerzos desde este punto de conexión con Santiago. Para esta acción, contaban con la sorpresa como factor importante y la posibilidad de pasar inadvertidos en Santiago de Cuba, pues se desarrollaban los carnavales que atraían a muchas personas de todo el país.

Una vez tomado el cuartel, se llamaría al pueblo por medio de la radio, con la lectura del Manifiesto del Moncada, escrito por el maestro y poeta Raúl Gómez García bajo la orientación de Fidel, en el que se exponía el programa inmediato de la revolución. La convocatoria incluía la insurrección popular y una huelga general.

Se partía de la convicción de que solo por medio de la lucha armada, con la movilización popular transformada en una insurrección, se podía derrotar a las fuerzas entronizadas por el golpe de Estado. Raúl Castro definió esta concepción: […] el motor pequeño sería la toma de la fortaleza del Moncada, la más alejada de la capital, la que, una vez en nuestras manos, echaría a andar el motor grande, que sería el pueblo combatiendo con las armas que capturaríamos, por las leyes y medidas, o sea, el programa que proclamaríamos […]

Los combatientes se dividieron en grupos para los distintos objetivos. Al hospital iban con Abel Santamaría las dos mujeres participantes: Haydée Santamaría y Melba Hernández (fig. 5.3), y el médico Mario Muñoz, además de otros combatientes; al Palacio de Justicia iría otro grupo donde estaba Raúl Castro. Fidel iba en el grupo que atacaría el Moncada cuya vanguardia estaba encabezada por Renato Guitart. Para el cuartel de Bayamo iba un grupo con Antonio (Ñico) López al frente. La acción se llevó a cabo el día señalado, pero imprevistos determinaron que el combate se iniciara fuera de los muros del cuartel, lo que posibilitó dar la alarma, con lo que se frustró la sorpresa, además de que algunos de los carros que llevaban a los combatientes se perdieron en la ciudad de Santiago de Cuba que no conocían. No pudo tomarse el cuartel.

Como estaba previsto, Fidel dio la orden de retirada al fracasar la operación y algunos de los asaltantes que pudieron salir se dirigieron hacia las montañas. Iba Fidel con 19 hombres. Habían muerto ocho revolucionarios en el combate, pero llegó la orden del propio Batista de emplear la más brutal represión: 53 fueron asesinados tras atroces torturas.4 Fidel fue después capturado junto a los que quedaban a su lado (fig. 5.4). El teniente Pedro Sarría Tartabull, al frente de una patrulla, sorprendió a Fidel Castro y dos de sus compañeros en un bohío donde se habían refugiado y, ante el intento de disparar de algunos de sus hombres, impidió el crimen ordenando que no tiraran pues, dijo: “Las ideas no se matan”. La digna actitud de Sarría salvó la vida del jefe de la acción en el momento de la captura y en el traslado para el vivac de Santiago de Cuba.

El juicio a los moncadistas se celebró en octubre de ese año. Fue la Causa 37 de 1953 en la que se involucró a otras muchas personas ajenas a los sucesos como parte de la represión generalizada. En el juicio se puso de manifiesto la entereza de aquellos combatientes y, de modo particular, alcanzó una resonancia especial el alegato de autodefensa de Fidel Castro, conocido por su frase final: “La historia me absolverá”.

Fidel denunció al régimen y su feroz represión con las terribles torturas y asesinatos cometidos con los moncadistas, explicó la concepción del Movimiento y expuso el programa que se proponían cumplir, con las cinco leyes que dictarían de inmediato y los problemas fundamentales del país a resolver: El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo […], junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política.

Fidel destacó el compromiso con la historia de Cuba y sus héroes y mártires y, en especial, con Martí a quien declaró autor intelectual de la acción desarrollada.

Por ello dijo: Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde, su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo; hay cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas, hay jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que él siga viviendo en el alma de la patria.

En su discurso, Fidel estableció conceptos fundamentales, como el de pueblo para las condiciones cubanas de entonces, destacando qué clases y grupos sociales incluía en ese concepto “si de lucha se trata”, es decir, aquellos con los que se podía contar para la lucha en lo que agrupaba a obreros, campesinos, profesionales que estaban ante “un callejón sin salida”, a los pequeños comerciantes arruinados por la crisis, en fin al pueblo “[…] que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje!”.

Terminaba diciendo: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

Este alegato contenía el programa inmediato de la revolución por la que se llamaba a luchar.

El 6 de octubre se dictó sentencia sobre la mayoría de los juzgados por los hechos del 26 de julio. Se dictaron condenas desde siete meses de arresto en el Reclusorio Nacional para Mujeres a Melba y Haydée, hasta 10 y 13 años de prisión para el resto; en el último caso por autores dirigentes se incluía a Ernesto Tizol, Oscar Alcalde, Pedro Miret y Raúl Castro. El 16 de octubre, Fidel Castro fue condenado a 15 años de prisión y Abelardo Crespo a 10. Todos los hombres debían guardar prisión en la Fortaleza de La Cabaña, según la sentencia; sin embargo, los 27 hombres sancionados fueron trasladados al Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos.

El asalto al cuartel Moncada no logró su propósito desde el punto de vista militar, pero dotó al país de una nueva vanguardia revolucionaria que se dio a conocer aquel 26 de julio, destacó el liderazgo de Fidel Castro, presentó un programa para la revolución con los objetivos a cumplir y puso en práctica una estrategia de lucha que guiaría la nueva etapa que se iniciaba justamente con esa acción.

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